Carolina Coronado es una de esas autoras con una vida y una obra fascinantes que, durante demasiado tiempo, han permanecido en un segundo plano dentro de la historia de la literatura española.
Si te pidiera que nombraras algunas figuras del Romanticismo español, probablemente los primeros nombres que te vendrían a la cabeza serían Gustavo Adolfo Bécquer, Mariano José de Larra o José de Espronceda. Quizá, si te interesara mucho el tema, mencionarías a Rosalía de Castro. Sin embargo, rara vez aparece Carolina Coronado, a pesar de que fue una de las escritoras más admiradas e influyentes de su tiempo.
Esta autora extremeña fue una de las voces más singulares de la literatura española del siglo XIX. Autodidacta, poeta, feminista y firme defensora de la abolición de la esclavitud, tuvo una trayectoria literaria extraordinaria en una época en la que ser escritora no estaba bien visto.
La propia Coronado conocía bien las dificultades de ser escritora en la España del siglo XIX. Lo manifestó con ironía y lucidez en uno de sus poemas más conocidos, «La poetisa en un pueblo», donde retrata las burlas y la incomprensión que despertaba una mujer que se atrevía a escribir versos. En este poema denunciaba una realidad que ella misma sufrió: el recelo con el que la sociedad veía a las mujeres que aspiraban a formar parte de la vida intelectual.
Aun así, Carolina Coronado construyó una obra poética de una sensibilidad exquisita, en la que conviven el amor, la naturaleza, la reflexión íntima y una mirada crítica hacia las injusticias de su tiempo.
7 poemas de Carolina Coronado, una voz imprescindible del Romanticismo español
En esta selección reunimos siete de sus poemas más representativos, una oportunidad perfecta para acercarse a una autora fundamental del Romanticismo español y de paso, descubrir a una de esas mujeres imprescindibles que merecen ocupar el lugar que les corresponde en nuestra memoria cultural.
A través de estos versos recorremos algunos de los grandes temas de su obra, como el amor, la pérdida, el paso del tiempo, la creación poética y la condición de las mujeres en la sociedad del siglo XIX.
La poetisa en un pueblo
¡Ya viene, mírala! ¿Quién?
—Ésa que saca las copias.
—Jesús, qué mujer tan rara.
—Tiene los ojos de loca.
Diga V., don Marcelino,
¿será verdad que ella sola
hace versos sin maestro?
—¡Qué locura!, no señora;
anoche nos convencimos
de que es mentira, en la boda:
si tiene esa habilidad
¿por qué no le hizo a la novia,
siendo tan amiga suya,
décimas o alguna cosa?
—Una décima, es preciso
dije—el novio está empeñado:
«ustedes se han engañado
me respondió, no improviso».
—Siendo la novia su amiga,
vamos, ¿no ha de hacerla usté?—
«Pero por Dios, si no sé,
¿no hasta que yo lo diga?»
La volvimos a rogar,
se levantó hecha una pólvora,
y en fin, de que vio el empeño
se fue huyendo de la boda.
Esos versos los compone
otra cualquiera persona,
y ella luego, por lucirse,
sin duda se los apropia.
—Porque digan que es romántica.
—¡Qué mujer tan mentirosa!
—Dicen que siempre está echando
relaciones ella sola.
—Se enseñará a comedianta.
—Ya se ha sentado ¡la mona!
Más valía que aprendiera
a barrer que a decir coplas.
—Vamos a echarla de aquí.
—¿Cómo?—Riéndonos todas.
—Dile a Paula que se ría.
—Y tú a Isabel, y tú a Antonia.
Ja ja ja ja ja ja ja.
¡Más fuerte, que no lo nota!
Ja ja ja ja ja ja ja.
Ya mira, ya se incomoda,
Ya se levanta y se va...
¡Vaya con Dios la gran loca!
Siempre tú
La niebla del diciembre quebrantaba
del sol los melancólicos fulgores
cuando en mi corazón de tus amores
el acento primero resonaba.
El segundo diciembre se acercaba
trayendo para mí nieblas mayores
que a merced de los vientos bramadores
tu nave en el Atlántico bogaba.
Y el diciembre tercero aparecía
templado, alegre como el mayo hermoso
y eras tú mi suspiro todavía.
El cuarto arrebatado, tempestuoso,
vino a robarme la ventura mía
¡ay! mas no a dar a mi pasión reposo.
¡Cuál te adoro!
¡Oh, cuál te adoro! con la luz del día
tu nombre invoco apasionada y triste,
y cuando el cielo en sombras se reviste
aun te llama exaltada el alma mía.
Tú eres el tiempo que mis horas guía,
tú eres la idea que a mi mente asiste,
porque en ti se concentra cuanto existe,
mi pasión, mi esperanza, mi poesía.
No hay canto que igualar pueda a tu acento
cuando tu amor me cuentas y deliras
revelando la fe de tu contento;
Tiemblo a tu voz y tiemblo si me miras,
y quisiera exhalar mi último aliento
abrasada en el aire que respiras.
A una coqueta
Como aquellas lucecillas
vaporosas y ligeras,
que sin calor a millares
se levantan de la tierra,
Los amores en tu pecho,
fragilísima belleza,
sin que su fuego te abrase
alzan mil llamas diversas:
Brotan, lucen, se disipan,
otras nacen tras aquellas:
la inconstancia las apaga,
la liviandad las renueva.
Respuesta a un poeta
Cuando exhala de esa suerte
vuestra Lira dormitando
un eco tan dulce y blando
¿a qué queréis que despierte?
Dejadlo siempre soñando.
Ni vos debéis lamentar
que estén sus cuerdas rompidas,
pues que las sabéis pulsar
tan bien que por vos heridas
aun rotas quieren sonar.
Ni digáis que los azares
apagan vuestros destellos,
cantad con vuestros pesares,
porque los tristes cantares
son los cantares más bellos.
Mas no queráis vuestro acento
rendir, cantor a mis pies,
elévese al firmamento
que su camino es el viento
y el cielo su trono es.
El marido verdugo
¿Teméis de esa que puebla las Montañas
turba de brutos fiera el desenfreno?…
¡más feroces dañinas alimañas
la madre sociedad nutre en su seno!
Bullen, de humanas formas revestidos,
torpes vivientes entre humanos seres,
que ceban el placer de sus sentidos
en el llanto infeliz de las mujeres.
No allá a las lides de su patria fueron
a exhalar de su ardor la inmensa llama;
nunca enemiga lanza acometieron,
que otra es la lid que su valor inflama.
Nunca el verdugo de inocente esposa
con noble lauro coronó su frente:
¡Ella os dirá temblando y congojosa
las gloriosas hazañas del valiente!
Ella os dirá que a veces siente el cuello
por sus manos de bronce atarazado,
y a veces el finísimo cabello
por las garras del héroe arrebatado.
Que a veces sobre el seno trasparente
cárdenas huellas de sus dedos halla;
que a veces brotan de su blanca frente
sangre las venas que su esposo estalla.
¡Y que ¡ay! del tierno corazón llagado
más sangre, más dolor la herida brota,
que el delicado seno macerado,
y que la vena de sus sienes rota!
Así hermosura y juventud al lado
pierde de su verdugo; así envejece:
así lirio suave y delicado
junto al áspero cardo arraiga y crece.
Y así en humanas formas escondidos,
cual bajo el agua del arroyo el cieno,
torpes vivientes al amor uncidos
la madre sociedad nutre en su seno.
Nada resta de ti… te hundió el abismo…
Nada resta de ti… te hundió el abismo…
te tragaron los monstruos de los mares.
No quedan en los fúnebres lugares
ni los huesos siquiera de ti mismo.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
¡¡Darnos la vida a mí y a ti la muerte;
darnos a ti la paz y a mí la guerra,
dejarte a ti en el mar y a mí en la tierra
es la maldad más grande de la suerte!!
¿Conocías la obra de Carolina Coronado? Cuéntanos qué poema te ha gustado más o cuál añadirías a esta selección. Redescubrir a escritoras como ella no solo enriquece nuestras lecturas, también nos ayuda a recuperar una parte esencial de nuestra memoria cultural.



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