¿Sabías que Emilia Pardo Bazán también escribió poesía? Pues sí, pocas escritoras pueden presumir de tener una trayectoria como la de doña Emilia.
Novelista, ensayista, articulista, feminista… y también poeta. Sí, también escribió poesía. Aunque para el gran público es conocida por su carácter incombustible y por su obra narrativa, lo cierto es que doña Emilia también escribió poemas.
Ella misma restaba importancia a esta faceta, y llegó a confesar con ironía: «Lejos de defender mi hacienda poética, hasta caigo en la manía de ocultar mis rimas como si fueran pecados».
Sin embargo, no debemos pasar por alto que la autora de Los pazos de Ulloa comenzó su carrera literaria en la poesía. Lo hizo con el poema narrativo «El castillo de la fada» (1866). Más tarde, en 1881, publicaría un poemario Jaime, en el que reflexionaba sobre la maternidad.
Y aunque sus poemas aparecieron en algunas publicaciones de la época, la propia autora los retiraría de sus obras completas por considerarlos «los más malos del mundo».
Almas gemelas
Mitades de una gota de rocío
con que el mar, al beberla,
en lo profundo de su seno frío
cuaja una sola perla;
átomos del perfume de la rosa
que el viento mece unido;
notas que vibra el arpa melodiosa
iguales en sonido;
estrellas dobles que en el alto cielo
una órbita describen;
almas gemelas que en el triste suelo
de un pensamiento viven;
esto sin duda son los que se quieren
su fe guardando entera,
y acaso pasarán cuando aquí mueran
a amarse en otra esfera.
Un adiós
Huye ligero el abrasado estío
cual sueño de ventura,
como ilusión resplandeciente y pura.
sobre los campos, rápido y sombrío
tienda el otoño su aplomado velo,
de secas hojas alfombrando el suelo.
¡Adiós, mis campos llenos de rocío,
adiós mis perfumados limoneros
de aroma penetrante!
No he de volver a veros,
ni ya la brisa en el azahar posada
oreará tranquila mi semblante.
Adiós también al sauce pensativo
bajo cuyas ramas
vagos sueños de amor formó mi mente,
donde he visto la luna que se baña
en el azul del cielo transparente.
Cuando vuelva otra vez en la primavera
yo volveré cual vuelve al grato nido
golondrina ligera,
y al respirar la brisa perfumada
me sentaré debajo la enramada.
Soneto
¡Cómo del tiempo la veloz carrera
destruye con su marcha presurosa
la creación más noble, más grandiosa,
desolación sembrando por doquiera!
¡Cómo sin tregua dar, toda la esfera
recorre, y con guadaña silenciosa
no perdona ocasión, no deja cosa,
y la muralla más potente altera!
¡Cómo a su paso caen las naciones
que en el polvo y olvido precipita,
deshaciendo los fuertes escuadrones!
Ayer, con frente pálida y marchita,
yo me hacía estas tristes reflexiones
los codos al mirar de mi levita.
La evolución de la rosa
Por tierra de unidad y de armonía
la vieja Grecia se preció de hermosa:
símbolo de belleza fue la rosa;
Venus entre sus rizos la prendía.
Duraba su esplendor tan solo un día;
era pomo de esencia deliciosa;
y, borracha, la alegre mariposa
en el cáliz de fuego se dormía.
Vienen la edad moderna y los Linneos;
llega el floricultor, y en variedades
la rosa dividió, como en casillas…
¡Venus y Anacreonte, estremeceos!
¡Cantores del amor! ¡Muertas deidades!
¡Hay rosas negras, verdes y amarillas!
La aurora
Dos cosas hay en el suelo,
una pura, otra florida,
y son la aurora del cielo
y la aurora de la vida.
Una salpica las flores
de rocío abrillantado,
otra con dulces amores
llena el pecho entusiasmado,
y en ambas con armonía
se reúnen al instante
color, belleza, alegría,
luz deliciosa y radiante;
como visión vagarosa
duran tan solo un momento
la luz de color de rosa
y la edad del sentimiento;
que hay dos cosas en el suelo,
una pura, otra florida,
y son la aurora del cielo
y la aurora de la vida.
Romance
Álbum de ignorado origen,
¿por qué mi firma reclamas?
firma y versos a las damas
son cosas que no se exigen.
De la mujer en la vida
es la inspiración secreta,
como pálida violeta
que no quiere ser cogida,
y que cuando se propasa
dulce perfume a exhalar,
sólo debe embalsamar
las paredes de su casa.
Pero haciendo concesiones
a este tiempo de locura,
alteraré tu blancura
con desiguales renglones
y entre firmas de valía
que guardas ya con empeño,
echa la culpa a tu dueño,
de que figure la mía.
Albúm de ignorado origen
Gitana la morenita,
la de los ojos de fuego,
la de las trenzas oscuras
la del pie tan pequeñuelo,
dime, dime la ventura
que ha mucho que no la tengo,
que si desdichas dijeras
ya me sobran con exceso;
pero ventura, la niña,
de ti tan solo la espero.
—El paje, dadme la mano.
El paje del rubio pelo
y de los ojos azules
y del continente apuesto,
¿paje seréis de algún conde
o de un noble caballero?
¿Hijo de algún hijodalgo
de los ilustres del Reino?
—Del conde de Rivadavia,
de Rivadavia y de Lemos
soy el paje favorito,
de niño me recogieron,
la condesa en su regazo
me crió de pequeñuelo;
más me quiere que a la imagen
que está encima de su lecho,
más que a su brial bordado,
más que a su azor rapiñero.
—¿Qué deseas, pues, el paje,
paje del Conde de Lemos?
—Estoy herido de amores
y por amores me quejo;
que de la hija del Conde
he visto los ojos negros
que tienen en sus fulgores
llamaradas del infierno—.
Andad con cuidado, el paje,
huid de los ojos negros,
y de las damas ilustres,
que en tu mano estoy leyendo
que eres hijo del ilustre,
del noble Conde de Lemos,
que doña Elvira es tu hermana
y que tu amor es un sueño.
¡Adiós!— Y huyó la gitana
dejando al paje suspenso,
y aquella noche ahorcado
de su ventana en los yerros
apareció el rubio paje,
paje del Conde de Lemos


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